Por María Celeste Vargas Martínez
Cuando mentir y fingir
se convierte en el fin,
lo demás, es lo de menos.
Puede parecerse a la realidad,
pero es simple y humana ficción.
- - Sí, señor policía y quería golpearme y yo… yo tan indefensa como soy, porque soy mujer (y al hacerlo se acomodó esa piel pestilente con la cual había cubierto su condición de borrega, como dije en el primer cuento)… pues sólo me defendí… ¡Soy mujer, un ser indefenso, débil, frágil y humillado una y otra vez, por esta sociedad machista! ¡Durante siglos las mujeres hemos sido vulneradas! – dijo ésta con más de ochenta kilos de peso mientras se limpiaba la falsa lágrima escurriendo por su nada discreta mejilla, ahora humana.
El discurso feminista no lo escribió antes, se le ocurrió en el momento, al ver el rostro desconcertado del policía frente a ella. Lanzó otras frases domingueras, las cuales no podía repetir en cualquier lugar ni con su familia, porque no las entenderían, y se limpió las lágrimas arrojadas por miles, mientras fingía ser algo que no era. Pero, ¿qué más daba fingir? Desde su llegada a esa colonia popular, había aprendido a fingir o mejor dicho, desde que pastaba en aquella colina y el lobo les hizo creer de su condición humana: ser humana… fingir… profesionista… fingir… madre abnegada… fingir… buena vecina… fingir… ¡Toda su vida, hasta ese momento, era una farsa!
¿Qué más daba seguir fingiendo? Cuando toda la vida gira en torno a mentiras, la normalidad comienza a arroparlas y eso les da la fuerza para seguir persignándose al salir de casa.
El hombre moreno, de mediana estatura y con una estructura tan prominente como la de ella, observó el cuerpo de ese ser sobre el piso. Mucho tiempo a atrás pastaba tranquilo sobre la llanura, pero cuando se encontró con el primer charlatán, quien le dio esa piel humana, se convirtió en uno de ellos. Ahora estaba sobre el suelo donde su horripilante estructura corporal mutada, se encontraba inerte y fría, tan fría como aquellas noches en el campo cuando la lluvia y el granizo caía con fuerza y su sucio pelaje no le ayuda a disiparlo. Estaba muerto, frío, con la lengua de fuera y los ojos saltones abiertos. Murió en manos de su esposa, a quien durante años había adoctrinado en las mañanas del engaño y las mentiras, donde él era un maestro. Fue él quien le enseñó a tergiversar la realidad, ella lo aprendió y en poco tiempo la farsa se convirtió en su día a día.
- - Así no mi vida, llora más fuerte para que el juez te crea – le dijo en una de tantas ocasiones.
- - ¡Sí, tienes razón! – respondió aquella. ¡Me falta inspiración y debo llorar más fuerte!
- - No más fuerte, más bien con más sentimiento. Y si empiezas a temblar, el juez te creerá sin dudarlo… ¡Cierra los ojos, haz una mueca y tus manos muévelas así, como si estuvieras tembeleque! – él la adoctrinaba.
Poco a poco ella fue adentrándose a los confines más alejados del mundo del engaño, donde su esposo era amo y señor, bueno hasta ahora en que yacía frío, tieso y pestilente en la sucia calle de ese desarrollo popular…. Perdón, residencial. Estudió la carrera de enfermería, ella desde luego, en una escuela a la vuelta de su casa, la cual sólo era un par de locales de una plaza comercial acondicionada como “Instituto de Enfermería”. La flamante carrera duró doce meses exactamente, ya con servicio social y prácticas profesionales. Trabajó un tiempo en una casa adaptada para renta de consultorios y ahí aprendió, porque la observación se le daba muy bien y todos los días veía todo a su alrededor: el quiropráctico siempre tenía pacientes, lo mismo el acupunturista, el médico general y el psicólogo. Entonces, decidió establecer en un local de cuatro por cuatro, con vidrios de cristal en las puertas y bellas macetas de plantas frondosas, una “Clínica HUMANA Global para la salud integral de la familia”. En letras más pequeñas se podía leer: Si sufre por el alcoholismo de su marido, la infidelidad de éste, el mal aprendizaje de sus hijos (hijas, hijes), la rebeldía de su hija (hijo, hije), si su hija le salió embarazada y ni estudia ni trabaja… Si su esposo se niega a trabajar, bañarse o cambiarse de ropa… Si renguea, le duele la espalda, los brazos, la rodilla, el corazón, la ciática… Si siente su aura percudida y confundida… Si orina constantemente, si no orina, si no tiene hambre, si tiene mucha hambre, si padece sobrepeso… ¡No lo dude, estamos capacitados para aliviar todos sus males”. Y ahí estaba ella en su clínica de cuatro por cuatro, cuyas paredes tenían pósteres de las diferentes partes del cuerpo, placas de rayos X proporcionados por familiares para dar el gatazo y un esqueleto de plástico conseguido en una de las tantas plataformas de ventas por internet. Sí, ella, la antigua borrega quien tuvo la fortuna de toparse con un charlatán inteligente, domador de la mentira. Ella componiendo rodillas, arreglando columnas a punto de la cirugía, enderezando almas, encaminado a hijas descarriadas y analizando las radiografías de huesos desviados.
- - Oye, estoy preocupado por las niñas. No sé qué va a ser de ellas ahora que salieron embarazadas – dijo Horacio en una ocasión a su mujer. Bueno, Café no me importa mucho, ni siquiera es nuestra hija.
Café, era una escuálida niña a quien habían traído en una caja de cartón. La encontraron un día en que se les ocurrió salir de su magnífica, hermosa, grande e impresionante casa de interés social, porque el salir tampoco se les daba mucho. Para ellos vivir era estar encerrados las 24 horas del día, los 7 días de la semana, los 365 días del año.
- - ¡Por eso no me gusta salir! – aclaro Horacio molesto. Cuando la gente sale gasta dinero y pasa algo. ¿Ahora qué vamos a hacer con esa escuincla? ¡Así de chiquita, ni siquiera sirve para nada!
A la niña, la dejaron en una caja de cartón cerca de las llantas delanteras de la camioneta destartalada de Horacio y el hombre interpretó eso como un mal augurio. Cuando abrió la caja y encontró a la niña, tan flaca que se le veían las costillas al llorar, no supo qué hacer. Yeimi inmediatamente se encariñó con ella, como si se tratara de un animal desvalido. La observó un rato y cinco minutos después ya la sostenía entre sus brazos y la llamaba Café. Para la familia borrega la llegada de la niña fue una bendición, para la niña la maldición más maldita que cualquiera pudiera tener. La criaron las hijas de la pareja, como si fuera su juguete, pero al crecer vieron en ella dos manos muy útiles para hacer los deberes del hogar. Café lavaba trastes, planchaba, limpiaba el montón de cosas de la casa (pues también eran acumuladores compulsivos), salía a recibir las pizzas, hamburguesas, alitas, gorditas y todo cuanto la familia pedía para alimentarse. Por si fuera poco, era ella quien también preparaba el kilo de maíz palomero que todos los días consumían al ver la televisión. Y ahora con los recién nacidos, debía cambiarlos, arrullarlos, entretenerlos y calentar el agua para bañarlos. Ese fue el destino de Café, quien sí era humana.
- - No digas eso, Café es una hija más. Nada más quiero que cumpla la mayoría de edad y se vaya a trabajar para que nos ayude con los gastos, porque la situación está muy complicada como para que esté perdiendo el tiempo aquí en la casa. Y por las niñas no tienes de qué preocuparte: al novio de Tierra hay que demandarlo, porque él ya es mayor de edad… Le sacamos dinero y pensión, primero lo amenazamos con demandarlo para que nos dé lana y si no acepta por las buenas pues lo demandamos de verdad… ¡Todo fuera como eso! – afirma tranquila Yeimi. Y el novio de Blanca es medio idiota, así que le lavamos el coco fácilmente. Además, hay que convencer a su papá, que tampoco es muy listo: el niño es su primer nieto por ahí hay que irnos, hacerle ver que él debe estar bien y necesita muchas cosas para crecer sano y…
- - ¡Pero si le decimos eso, menos va a querer salir de aquí! Cada rato está aquí metido, si da dinero para el niño, ni de chiste va a querer irse…– Horacio parecía preocupado.
A Yeimi el hombre no lo que caía del todo bien, cada tercer día llegaba por la tarde y pasaba ocho horas ahí. Ella se sentía incómoda con ese hombre: “¡Qué no tiene nada qué hacer!”, le dijo en una ocasión a Blanca.
- - ¡Tú tampoco!... Te pasas toda la tarde sentada viendo la televisión y tomando tu cafecito – la distraída borrega lo decía porque simplemente así le había nacido, no por maldad o inteligencia.
- - Bueno, pero aunque nada más esté en mi casa viendo la televisión… ¡Es mi casa y aquí hago lo que yo quiero! – aclaró la mujer malhumorada.
Después de esa discusión le habían prohibido a s su hija, la de un ojo arriba y otro abajo, permitirle la entrada al hombre, quien se sentía como pez en el agua en la casa de ese par de charlatanes, pues rara vez hacían algo de su vida… independientemente de estafar gente.
- - ¿Qué no trabaja? – le preguntó en una ocasión Horacio a Blanca.
- - ¡Tú tampoco, así que te callas! – le dijo Blanca defendiendo al padre de su amado y flojo novio.
Así que cuando las hijas borregas cambiaron las horas en la calle, las doce de la noche era su límite para estar fuera (solo con diez y once años encima), por horas encerradas en casa, acompañadas de sus novios (quienes podían quedarse a dormir por días), y por embarazos, sus padres cambiaron por completo algunas percepciones de la vida: ahora era el momento de que los novios y los padres, pagaran por el embarazo de sus hijas. Y así pasó: el novio de Tierra fue demandado y de su módico sueldo como barrendero, la mitad fue a parar a las manos de los voraces padres de la antipática borrega, mientras él ya busca sus quereres con otra, quien al menos era humana y un poco más atractiva; y al odioso padre, a quien en su momento ya no soportaban, ahora le permitían visitar a su nieto. En esos días, la familia cenaba pizza o pollo rostizado o cualquier cosa que el padre del susodicho comprara y llevara.
- - ¡Ya sabe que esta es su casa! – le dijo la primera vez Yeimi mientras le recibía los pañales, la leche y las dos cajas de pizza a ese hombre de treinta años y quien se hacía nombrar Oscar.
Y el hasta entonces odiado padre, había cambiado los sentimientos de rechazo por los de aprobación. No cabía duda, con una pizza todo se podía arreglar.
- - Pero hay que cuidar mucho a Café, porque ella no nos puede salir con sus tarugadas de embarazarse… ¿Quién hará todo el quehacer en la casa?
- - Bueno, al menos Ana es un poco fea y gorda, así nadie le va a hacer caso… mínimo que sirva para cuidar a sus sobrinos – aclaró Horacio.
- - Así es – dijo sonriente Yeimi. ¡Tendremos dos hijas que nos mantengan cuando estemos viejos! – afirmó la mujer mientras degustaba la segunda sopa instantánea que Café había preparado mientras lavaba, planchaba y le lavaba las jaulas a los animales con los cuales contaban, porque estaban requeté bonitos.
Yeimi se había convertido en toda una estafadora: aprendió muy bien del marido bueno para nada, borracho, mujeriego y flojo. De hecho era común que éste contemplara a su esposa en varios de sus momentos espectaculares donde fingía ser la mujer débil, acosada, insultada y víctima de todo aquel que no compartiera su forma de pensar nada recta ni pulcra. La pareja de borregos, convertida en seres humanos, para desgracia de algunos de éstos, había aprendido todos los artilugios posibles para timar a quien mejor se dejara:
· Al plomero lo habían hecho comprar el material y arreglarle una fuga en la pared. Pero cuando el hombre terminó de hacer el trabajo, le pidieron regresara al día siguiente para pagarle: no le abrieron ni ese ni los cuatro días seguidos en que estuvo tocando la puerta, mientras el par de charlatanes veía, tranquilamente, la televisión.
· A un albañil no le pagaron las bardas perimetrales que les hizo… feas, chuecas y desalineadas, pero al fin de cuentas era su trabajo.
· Al segundo albañil le quedaron a deber la instalación del piso.
· Al tercero y cuarto además de otro piso, les instalaron los techos de herrería, que tampoco fueron pagados.
· A los pasajeros les roba gorras, suéteres, mochilas, celulares, cascos y todo cuanto pudieran olvidar en su combi destartalada y vieja.
· A los incautos que caían en las garras de la magnífica galena, el no renguear, el dolor insoportable de la columna o la boca torcida, la rodilla dislocada, sólo les duraba un mes. Cuando el tratamiento terminaba también regresaban sus males.
Pero ahora, la antigua borrega que estafaba a humanos más borregos a ella, la querida Yeimi en su nombre humana, desempeñaba el mejor de los papeles: lloraba, temblaba, se lamentaba y de vez en cuando fingía desmayarse para darle más dramatismo a la escena. Ella parada junto al oficial, fingiendo, y él, Horacio, tirado sobre el piso con los ojos abiertos, la lengua de fuera y las patas torcidas. El policía contemplando a la mujer… era mujer y su jefe les repetía en las juntas la importancia de la igualdad de género. Y aunque no compartía esos puntos de vista y para él las viejas eran viejas y nada más, debía fingir, como todos lo hacían, porque de no ser así le darían la baja definitiva.
Yeimi fingió desmayarse y aunque el policía trató de sujetarla, allá fue a dar con su rechoncha humanidad. La recogieron del piso cinco vecinos, que al escuchar los gritos salieron a asomarse, no porque les importara, en realidad a ella y a su familia la habían repudiado por años, pero ahora fingían tolerarla, como siempre sucedía en esa calle… todos fingían. Y Yeimi con un ojo abierto y otro cerrado, inmediatamente se dirigió a los vecinos.
- - ¿Verdad que Horacio no era un hombre bueno?
Los vecinos se observaron un segundo, no sabían qué decir. Al principio ellos estaban hartos de ese hombre que se estacionaba en cualquier lado, tomaba en la vía pública, arrojaba la basura a la calle y peleaba con cualquiera que reprochara su mediocre mentalidad, pero después Yeimi intercedió por él y empezaron a fingir que lo toleraban. Ahora, les pedía regresar a esa primera interpretación sobre él… ¡Qué complicado! ¿Cuál era la verdad?... Por unos segundos, su cerebro se activó y comenzó a trabajar, aunque sólo fue por unos segundos: Horacio no les caía bien… ¡Nunca les había caído bien! Era demasiado corriente, desde su punto de vista. Y a ellos, humanos residentes de un desarrollo popular, con casas de cincuenta metros cuadrados, nadie diferente les caía bien.
Fingir.
Todos fingían.
- - ¡Nos caía mal! – dijo uno de ellos.
- - ¡Era muy prepotente! – aclaró el segundo.
- - ¡A mi hijo le pegó, porque según él le agarro diez centímetros del lugar donde se estaciona! – musitó la mujer del 6 D, quien siempre estaba presta a salir a la calle cuando algo terminaba con la desconocida tranquilidad de todos.
Yeimi se había cansado de él. Era un parásito hecho y derecho, al menos éstos tenían una función, pero Horacio nada de nada. Además, necesitaba dinero para estudiar leyes, pues al lado de su súper clínica se había instalado un abogado y ella veía, día a día, cómo siempre había alguien solicitando sus servicios. Si la fortuna se lo permitía, en un año sería abogada. Así que el 13 de mayo había empezado a planear todo y convenció a su marido de adquirir un seguro de vida, pues su trabajo era peligroso, cuando lo hacía.
- - ¿Qué tal si algún día tienes un accidente? Esa combi vieja no es muy confiable… Si te pasa algo, qué haremos las niñas, los niños, el novio de Blanca, el papá del novio de Blanca… ¡Todos!
Y un mes después, sin decir palabra alguna, tomó el machete que Horacio le había robado a uno de los múltiples trabajadores, lo levantó y lo lanzó por los aires cuando él corría para llegar a la calle y salvar su vida. Quedó en la puerta, tirado sobre la banqueta con una enorme herida en el cuello por donde manaba un líquido rojo y con olor a cerveza.
- - ¡Sí, señor oficial… Sólo me defendí, como la indefensa mujer que soy, que he sido y que seguiré siendo durante toda mi vida!