Bendito
muro
Hace
una semana vi la última luz. Parecía perdida en los edificios abandonados… era
tan pequeña y aun así pude verla. Al principio dudé un poco, imaginé una
luciérnaga en la noche y recordé los días en la casa de la
abuela: en las vacaciones me la pasaba
entre las milpas, los borregos y los charcos repletos de renacuajos negros y
gordos a los cuales destripaba sólo para saber qué tenían adentro (de niño era
muy curioso) y descubrir un intestino largo repleto de lodo. Pero con los años el campo se fue olvidando
y la ciudad me consumió, aunque ahora más que nunca añoro el verde de los
prados y los altos árboles levantándose lejos, más allá de la presa en la casa
de los abuelos. La luz duró sólo unos
minutos. Un breve silencio, apenas perceptible y roto por los estruendos de la
música de mi vecino, él sabe que no es recomendable hacer ruido, pero a veces,
o casi siempre, le gana el pasado y su estéreo lanza alaridos y entonces me
pongo nervioso: inmediatamente se pueden escuchar los golpes en las láminas,
los gruñidos y su hambre. A mi vecino eso no le importa, le gusta escuchar la
música fuerte, muy fuerte. Y ellos allá chocando contra el frío metal, tratando
de traspasarlo como si fuera una simple hoja de papel. Para mi buena fortuna no es así: es grueso,
fuerte e imposible de penetrar. Ellos lo golpean, están desesperados.
En
los noticieros afirman que al no alimentarse sucumben, pero deben pasar meses o
tal vez años. El no comer debe ser fatal para ellos, porque las calles están
tapizadas de esqueletos y siempre un olor fétido llega, por lo tanto debemos
cerrar las ventanas, tapar cualquier orificio y evitar salir a la calle o
cubrirnos el rostro con mascarillas rudimentarias realizadas por nosotros
mismos.
-
Buenas noches, vecino – grita don Romualdo, el hombre obeso del 15B.
- Muy buenas – respondo alegre.
En
verdad estoy contento. Cómo no había de
estarlo. Extraño el pasado, pero mi futuro no parece tan malo. Sé que mi país
se está cayendo a pedazos: la inseguridad está canija; la colonia donde vivo es
más que popular, llena de chamacos, perros, drogadictos y mujeres de la vida
galante; el dinero no alcanza; y el alza de la gasolina nos sumió en una
crisis, pero si lo piensa uno bien, estar aquí es algo así como un cielo
chiquito o muy grande depende de cómo se vea.
-
Hola, ¿ya se enteró
usted? – me pregunta Lolita.
Si
uno quiere saber qué pasa en el rumbo, y en otros lejanos, sólo necesitamos
caminar por la calle y esperar a que la nada agraciada mujer nos encuentre y
entonces todos los rumores, noticias y chismes llegarán hasta nuestros oídos.
- No, ¿de qué? – pregunto intrigado.
-
Ayer la Rosa oyó gritos allá – y al decirlo señala esa estructura como a
quinientos metros de nosotros – dice que una mujer lloraba y suplicaba y varios
hombres gritaban. No sabe qué decían porque hablaban en inglés.
Inmediatamente
pienso en la luz de aquella noche: desaparecida para siempre.
-
Estuvieron un rato gritando y después todo fue silencio. ¿Usted cree que
haya alguien más? – la mujer fingía estar intrigada, aunque en el fondo ella
sabía la respuesta y la gozaba.
-
Sinceramente, no creo. Hace más de seis meses no se escucha nada. He
escuchado algunos sonidos, pero esporádicamente – le dije seguro.
-
Sí, ya ve. Primero todos corrieron para acá y trataron de salir, pero
gracias a eso les fue imposible…
¡Solitos se echaron la soga al cuello! – afirmó ella sonriente.
Lolita
jamás había querido a los gringos. En Estados Unidos habían muerto sus dos
hijos: al primero lo mataron en el metro, un policía creyó ver que llevaba
consigo un arma y le disparó en tres ocasiones; al segundo lo encontraron en el
desierto: “lo cazaron como a un animal”, me dijo la mujer cuatro años atrás.
Observé
el frio metal frente a nosotros. Ella tenía razón, ellos mismos habían marcado
su destino: hace unos años “El Trompudo”, como le decíamos acá, ganó las
elecciones y se convirtió en el presidente de Estados Unidos. A los pocos meses
comenzó con la construcción de un alto y grueso muro, pues no quería que ningún
latino llegara hasta territorio estadounidense.
Un año duró la construcción y durante ese tiempo y el año siguiente
todos los migrantes intentando cruzar eran asesinados: los podíamos ver caer cual
animales trepando en la jaula del zoológico. “América es para los americanos”,
afirmaban los extremistas. Ellos vigilaban con autos y drones, siempre estaban
pendientes de su muro. Poco después un extraño virus comenzó a extenderse entre
la gente. Los noticieros hablaban de algo que se transmitía por medio de la
saliva, hacía a las personas morir y después revivir para alimentarse de carne.
En pocas palabras, los zombis habían llegado a la tierra de las hamburguesas.
Eso que se podía ver en el cine y de lo cual muchos gozábamos (me declaro
fanático de las películas de muertos vivientes) se convirtió en una realidad.
En poco tiempo el virus comenzó a extenderse y aunque quisieron combatirlo les
fue imposible: no había cura alguna. Con
el paso de los días algunos gringos trataron de salir de su país, pero el
gobierno mexicano les prohibió la entrada (hasta que el presidente hizo algo
correcto… por fortuna ya no estaba en el poder Peña Nieto, había muerto en un
accidente aéreo, porque si no, México hubiera acogido a todos y hasta les
hubiera regalado casas del Infonavit). Ante la negación, algunos gringos
empezaron a saltar el muro, pues se extendió la noticia de que en México no
pasaba nada y el virus parecía no existir aquí. Por eso, muchos trataron de llegar
a la tierra de los tamales. Por alguna razón los tacos, gorditas, quesadillas,
pambazos, tortas y la grasa presente en ellos nos habían hecho mutar y
desarrollar una especie de gen o algo que le impedía al virus terminar con
nosotros. Algunos se enfermaron de
gripe, pero nada más, se recuperaron en un mes y el virus mortal desapareció de
su organismo.