El cielo lloró
sobre la tierra
triste,
solo,
defraudado observa
las aguas oscuras
de ese río
que un día,
hace ya algunos años,
fue cobijo de su llanto,
antaño
agua azul,
verde,
pura
dadora de vida,
espejo del cielo,
vanidad de estrellas,
quienes en noches de luna llena
peinaban tranquilas
sus rayos,
alimento
de pobres tierras
de campesinos olvidados,
resucitadora de bocas muertas
de labios secos
de ojos cristalinos
de rostros
cuarteados por el sol,
la tierra
y los años,
ahora
su agua es negra,
ya grisácea,
ya abandonada,
ya extraña,
el ganado
no se acerca,
los niños
no se refrescan en ella,
los novios
no se cuentan historias a su lado,
ya no toca la tierra,
ya no quita sed,
ya no ampara,
ya no protege
ni alimenta,
y él,
el río,
quisiera gritar a todos
que sigue ahí,
y le duele
ser así,
no quiere
seguir olvidado,
repudiado,
llora
igual a ellos,
igual a todos,
desearía
salir huyendo
y dejar al hombre
con sus anhelos
y pecados,
el anciano lo contempla
y sus ojos
se saben tristes,
se saben húmedos
se sienten desolados,
y piensa
en esa modernidad,
llegó a su pueblo
en tiempos pasados,
en la fábrica de medias,
en el matadero
en el pan en bolsa,
y en las papas
de diversos sabores
y tamaños,
y llora,
llora igual al cielo
por su río
que bañó su piel
en sus primeros años,
y ahora
está sucio,
contaminado
de aceites,
basura
y las sustancias extrañas
le han dado
un aroma raro,
y mira al cielo
y entiende sus lágrimas
de dolor
y enfado,
y súplica por
sus árboles
y animales,
su cielo azul
con nubes
secas
y llanto oculto,
y su tierra,
que lo alimenta a él,
a su familia
y a su ganado
mientras grita:
“Al diablo la modernidad
del hombre blanco”.