Por María Celeste Vargas Martínez
A todas esas bestias,
van por ahí creyéndose seres humanos,
fingiendo y mintiendo como buenos charlatanes.
Pero la ficción siempre
será ficción.
Esta historia comienza como muchas otras: un día soleado, el cielo perfectamente azul, enormes cumulonimbos cubriendo el verde pasto y los altos árboles. En la llanura, de hierba húmeda por la ligera lluvia de la noche anterior, pastaba un grupo de animales. Entre mugidos, balidos y berridos, comían plácidamente sin pensar en nada (al final de cuentas eran sólo animales sin consciencia ni raciocinio). A lo lejos alguien, o algo, se acerca. Una borrega levanta la cabeza y observa unos segundos a un ser caminando en dos patas: con dificultad mueve una y luego la siguiente, para tambalearse a cada paso. Unos segundos después la borrega vuelve a comer.
Algo, o alguien, continúa hasta llegar frente a los animales: es un lobo.
Un lobo.
Sí, así comienzan muchas historias, pero esta será diferente (al menos eso espero), pues el lobo no es un lobo, al menos, eso cree él. Nuestro lobo viste marchita piel de humano sobre lo que antes fuese un brillante pelaje. Sus patas, torcidas y caminando con dificultad, se tambalean más cuando sube la discreta cuesta. Se detiene un momento para acomodarse la piel, de pronto pareciera caerse y dejar a la vista la farsa del animal. La ata fuertemente con esos trozos de lazo viejo encontrados en el basurero y sigue su camino. Cuando está cerca a los animales se aclara la voz, estos continúan comiendo: ¿por qué habrían de dejar de hacerlo? El lobo nuevamente tose discreto. Los animales no dejan de comer (para eso viven para comer y… ¡ya saben para qué!). El lobo se aclara la garganta y lanza un grito. Una familia de borregas levanta le vista: papá, mamá y tres hijas. Entonces el lobo comienza, alguien le ha puesto atención.
- Hola hermanos. Me pregunto, ¿qué hace alguien como ustedes retozando aquí como cualquier animal?
Lo observan y sin más vuelven a comer hierba mientras defecan. El lobo contempla las acciones simultáneas y mueve ligeramente la cabeza. Las borregas ni se inmutan, es algo común para ellas.
- Hermanos, vuelvo a preguntar: ¿qué hacen aquí? Ustedes deben estar dentro de una casa, comiendo frente a una mesa, viendo televisión… ¡Eso hacen los humanos!
Entonces todos los animales voltean a verlo y algunos repiten al unísono: “¡No somos humanos, somos animales!”. Frase seguida se marchan del lugar y van a otra planicie a comer y defecar. Pero la familia de borregas (sí… papá, mamá y tres hijas) se quedan quietas observando al lobo con piel de humano.
- ¿Nosotros somos humanos? – interroga el padre.
Los ojos del lobo se iluminan y su pelaje, café en algún momento de su vida, se crispa. Complacido se frota las patas delanteras, ahora funcionando como manos. Su hocico alargado se asoma bajo el rostro marchito de la piel humana y sus enormes ojos negros cubren las cuencas vacías de la carcasa de los seres que aprendieron a andar en dos patas y dejaron a un lado a sus hermanos primates (al menos eso quieren creer).
- Desde luego, ustedes son humanos y, por lo tanto, merecen algo mejor – aclara el lobo.
- Pero los humanos andan en dos patas y nosotros en cuatro – dice papá borrego sin meditar mucho.
- Eso no es problema – señala el lobo. Si se ponen estas pieles entonces caminarán en dos patas y serán completamente humanos. Véanme a mí.
La familia observa al lobo: la piel parece sentarle bien, es más, si lo miras de lejos, al despertar, podría hablarse de su condición de humano. Y aunque pueden ver parte de su pelaje marrón y de repente les llega un olor repugnante de la piel en descomposición, ellos piensan: “Nosotros qué sabemos, sólo somos animales, sin conciencia. Él debe saberlo todo, ya se ha convertido en humano”.
- Entonces, ¿si nos ponemos esas pieles seremos humanos? – interroga el padre y sus labios parecen sonreír.
- Desde luego, serán humanos… serán como ellos.
Aunque el padre borrego no puede notarlo, hace su primer gesto humano: sonríe (siempre quiso hacerlo). Mamá borrega observa con desconfianza al lobo, luego a su esposo, después a sus hijas, una de ellas con un ojo arriba y otro abajo, y vuelve a comer hierba después de señalar.
- ¡No es cierto! Nosotros somos animales.
- ¡Qué te pasa Yeimi! – agrega molesto papá borrego. Si el señor dice que somos humanos, entonces somos humanos… Además, tú siempre quisiste ser humana.
Mamá borrega, ahora llamada Yeimi, porque los humanos tienen nombre, rememora las imágenes venidas a su cerebro hace ya algún tiempo, no recuerda cuánto, pero debe ser desde ese momento remoto cuando los humanos comenzaron a ser humanos y ellos siguieron siendo animales. Se ve a ella caminando en dos patas con cabello negro a la espalda, ojos pequeños, rostro redondo y llevando un bello pantalón de mezclilla. Es obesa, nada agraciada y camina con las piernas abiertas, pero qué importa… es humana. Su marido, nombrado Horacio, tiene piel oscura, piel y no pelaje enmarañado, rostro cuadrado, nariz prominente y siempre está frente al televisor viendo el fútbol y bebiendo… eso hacen los humanos. Sus hijas Ana, Blanca y Tierra, yacen junto a su padre comiendo palomitas. Las tres se parecen a él: la misma nariz prominente, la boca grande, los ojos negros y la piel café. Y la pereza y desenfado manando de cada poro de esa piel humana. Ninguno es bello, como ella imagina a los humanos, pero al final son humanos y eso es lo importante para ella, pues la ambición le nació desde hace algún tiempo en su cuerpo de animal. Es mejor ser humano que un animal pastando libre sobre la hierba húmeda.
- Niñas – señala el padre borrego, ahora llamado Horacio. El señor dice que somos humanos, por lo tanto… ¡Lo somos y debemos vivir como ellos!
El lobo le tiende las pieles a la familia, quienes con dificultad se las colocan. De pronto la pata delantera no pretende estar dentro de ese trozo de piel, la pezuña trasera se resiste a dejar la tierra rozándola… y la cabeza, es difícil colocarla bajo ese grasoso pelaje negro. Después de unas horas de balar, caerse, volver a levantarse y pujar, la familia borrega, ahora llamados Horacio, Yeimi, Ana, Blanca y Tierra, yacen tambaleándose en dos patas bajo la sombra de un árbol y protegiéndose de los últimos rayos del sol, porque ya son humanos y el sol les incomoda. Yeimi observa sus pies calzados con huaraches, siempre quiso tener unos, y éstos, rechonchos y feos, se ven tan humanos. La familia se marcha, pero antes de hacerlo, lanza una ligera mirada a los animales indiferentes acomodándose entre la hierba para dormir, rumiando tranquilos bajo la luna y las estrellas.
El lobo se lleva a los nuevos humanos y los instala en una casa de un desarrollo habitacional de interés social: “Este será su hogar, ahora es momento de vivir como humanos”, dice el lobo y se marcha placentero a esperar al siguiente día para disuadir a más animales. Horacio observa su casa de cincuenta metros cuadrados, dos pisos, y su boca se abre de par en par: ahora es humano y vive en una casa. Siempre quiso tener una, no ese cuchitril feo y pestilente donde vivía antes, entre los cafetales. Los vecinos los miran con indiferencia y algunos saben que algo no anda bien con los recién llegados: les parecen raros.
Y para no hacer el cuento tan largo, ustedes lectores pueden ser un poco desesperados, los nuevos humanos se comportan igual a como lo hacían cuando pastaban en el campo. Ellos imaginan (otro elemento humano) a ese comportamiento como normal, no sólo porque, desde su estrecho punto de vista, eso hacen los humanos, sino porque llevan su antigua vida a ese nuevo espacio: hablan a gritos, se duermen cuando quieren y donde pueden; las hijas, recordando su vida anterior cuando corrían despavoridas por el campo, lo hacen por toda la casa, azotan las puertas, sus pezuñas jamás aprendieron a girar la perilla (aunque usen piel humana), orinan y defecan en la calle, ven televisión todo el día, no hacen aseo y los cincuenta metros cuadrados son un cúmulo de porquerías; tienen más de cuarenta animales encerrados en jaulas (eso hacen los humanos, son mejores a esos seres que perdieron su libertad y deben empezar a dominar a los débiles). Comen comida chatarra, porque eso hacen los humanos. Dejan los trastos sucios sobre el lavadero mientras las moscas se alimentan (en el campo nunca lavaron un trasto, ni siquiera tenían) y las moscan no les afectaban.
El padre se convierte en chofer y día tras día miente para hacerse de más dinero u objetos que al final terminarán acumulados en su casa de cincuenta metros cuadrados.
La madre descubre la escuela y estudia una carrera, aunque sea en un lugar de quinta, lo importante es tener un papel donde diga lo que ahora ella es (porque antes de eso, desde su corto punto de vista, no era nada) y orgullosa lo presume (eso hacen los humanos). Presumir, aparentar y mentir, ya han aprendido a ser humanos.
Y mientras Ana engorda y engorda por levantarse todos los días a la una de la tarde, ver televisión y comer palomitas (adora esa comida humana, la cual había probado ya, pero como granos en su estado salvaje), Blanca y Tierra corren por la calle hasta las doce de la noche. Si llueve andan por ella con su paraguas, para no mojar sus pieles humanas; gritan, juegan, corren, y se desvelan… eso hacen los humanos. Tienen amigos iguales a ellas y entre todos corren por las calles recordando ese estadio anterior del cual no desean saber nada. Entran a casa y van a la escuela con los ojos cansados de sueño, pero ya dormirán cuando regresen de la escuela.
Por si fuera poco, Horacio ha aprendido a estafar: miente para no ir a trabajar (“Me salió un viaje y ando en otra colonia, ahorita voy para allá”, “Estoy en el aeropuerto y hay manifestación”, “Si estuve en la base trabajando desde las cinco de la mañana, pero por un problema familiar me viene a las nueve…”); si tiene una fuga de agua en su casa alguien se la arregla y él no paga: “Regresa mañana porque ahorita no tengo”, afirma y ese mañana se convierte en dos años; si quiere piso nuevo, alguien también se lo hace y él se esconde cuando los trabajadores exigen su pago y tocan la puerta insistentemente en esa casa de interés social.
Y Yeimi pretende orientar a los humanos desorientados sin pensar en un segundo en su vida de caos; finge no darse cuenta de las infidelidades de su marido, porque eso hacen los humanos. La familia ve la televisión a todo volumen, no conocen el cine, ni los parques ni los zoológicos y muchos menos los museos o los foros de conciertos, nunca salen a conocer su país ni se van de vacaciones ni de fin de semana, porque los humanos conocidos por ellos no hacen nada de eso, y deben ser iguales a esos humanos con los cuales se involucran.
Y por ahí va esa familia de animales, quienes pretendieron ser humanos y se transformaron en bestias, viviendo de la manera como ellos creen ser correcta, pero frenando el desarrollo evolutivo de cualquier comunidad, aunque sea en un desarrollo de interés social, con casas de cincuenta metros. Para ellos eso es alcanzar el éxito, porque de estar encerrados en un corral a vivir en una casa, es lo máximo a lo cual pueden aspirar. De vez en cuando se encuentran con otras bestias iguales a ellos, entablan lazos de amistad, forman nuevas comunidades, las cuales se extienden como la plaga y comienzan a devorar a los verdaderos humanos deseosos de vivir en paz, en comunidad, con respeto y evolucionando para forjar mejores sociedades y países. Porque eso hacen los humanos, aunque parecen estar en peligro de extinción en un mundo dominado por bestias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario