El insomnio se aferra a mí. Se prende de mis ojos, danza con fervor y cuando esto parece no funcionarle, me susurra al oído letras… palabras… historias que nacen como un ligero viento, dispuestas a convertirse en huracán. Entonces el insomnio inyecta en mi mano un rabo de energía y hace que las letras fluyan y se extiendan en ese cielo oscuro carente de estrellas.

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lunes, 9 de diciembre de 2024

Diario de un bicho raro

 

XVII   Soledad en el mar

 

En el mar hay un par de náufragos apegándose a la vida, quieren vivir, necesitan hacerlo. Un trozo de tierra es suficiente cuando alguien pretende luchar. Piensan en su familia, sus hijos. Yo puedo verlos desde el lugar donde estoy. A la lejanía los puedo ver, ¿dónde estoy yo?  A veces parecen acercarse, se les nota el cansancio, la sed y el hambre, aunque es más palpable la fuerza y los deseos de vivir.

            Debo llevar hasta ellos la ayuda, guiar los barcos, llevar a aquellos quienes los buscan. Debo hacerlo… deben sobrevivir porque tienen varios días perdidos y sus familias los buscan, los esperan. Uno de ellos parece muy cansado y sus fuerzas flaquean. El otro sólo cierra los ojos y piensa en su familia, ellos le dan fuerza  y vuelve a cargarse de energía.

            Debo guiar a los barcos  hasta ellos, me han buscado a mi. Su dolor me ha encontrado. Su desesperación me hizo verlos, pero ahora debo llevar a los barcos hacia ellos, como hice aquella vez en las torres gemelas.

Diario de un bicho raro

 

I El deslave

 

Por la mañana desperté cansado, demasiado para haber dormido más de ocho horas seguidas. La cabeza pesaba como una roca sobre mis hombros y un ligero temblor en las manos me puso nervioso. Estaba confundido Me senté sobre la cama, recordé los ojos extrañados de esas personas y la frase: “¡No sé quién es, nunca lo he visto!”, daba vueltas en mi cabeza.

-    ¡No sé quién es, nunca lo he visto! – dijo al verme caminar aprisa por esa calle empinada.

Sin pensarlo más me puse de pie y me preparé. Era un día normal a pesar de mi extraña sensación, debía ir a trabajar.  Por la noche regresé a casa, encendí el televisor y busqué el noticiario  (antes de dormir siempre veía lo acontecido en el mundo aunque no era muy motivante hacerlo). Entonces escuché la noticia: una comunidad había sido sepultada por un deslave, se buscaban sobrevivientes. Escuché sin poner mucha atención y dije sin proponérmelo: “No hay ningún sobreviviente, nadie me hizo caso. No quisieron salir”. Entonces me quedé parado, frío, sin poder moverme y mi frase siguió repitiéndose: “Nadie me hizo caso”. Parecía un eco extendiéndose en mi cabeza y sólo reaccioné hasta escucharla nuevamente.

 Entonces, vino a mi cabeza el sueño de la noche anterior.  Era un pequeño pueblo, unas cuantas casas desperdigadas por el cerro, yo no conocía a nadie, pero entré a una vivienda diciendo debían salir porque el agua venía hacía ellos y eso era más que agua. Parecía nadie haber escuchado mis palabras;  salí del lugar y empecé a gritar. Sin embargo, los habitantes me ignoraron, me veían con ojos extrañados, Simplemente me ignoraron y  yo los contemplé desconcertado: delgados, no muy altos,  piel morena,  y un acento al hablar… no eran mexicanos como yo. De pronto, una mancha café, enorme y ruidosa, descendió por el cerro: como una bestia desplazándose feliz por conocer el final de su carrera. Era enorme, un río potente de agua, tierra, escombros. Pude escuchar el sonido al descender,  al tumbar árboles… era un rugido lleno de ira corriendo aprisa.  

Llegó a las casas y devoró todo.

Nadie escuchó mis palabras y recuerdo sus ojos sorprendidos viéndome, como si yo en ese momento hablara un idioma distinto al suyo, como si fuera un fantasma gritando entre la gente que debían huir porque algo se acercaba. “¿No hablo su idioma?”, pensé en ese momento cuando soñé.  Y entonces, después de mi silenciosa pregunta, alguien dijo: “Parece extranjero”, una frase que no entendí en su momento. Cuando esa enorme masa cubrió las casas y dejó su huella sobre el cerro (como un río de tierra  abriéndose paso entre los árboles), puede ver todo desde arriba, parecía flotar y desde ahí pude ver todo. 

Ya no había nada por hacer.

El sueño terminó.

Decir que después de eso medité por largo rato sería mentir, en realidad pensé sólo un momento en la noticia, en mi sueño y sin darle mucha importancia me metí a la cama y dormí. De verdad, no le di importancia, para mí todo era parte del cansancio acumulado entre el agotador trabajo y la familia.

miércoles, 12 de agosto de 2020

Soledad

 

 

Cuando nació 

se sintió sola,

parida sola en una cama fría,

con una madre que no resistió,

lloró, lloró y nadie acudió,

sus ojos se secaron y la garganta se cerró,

la encontró la vecina cuando el Sol salió.

Batida de sangre, 

con el cordón atado al cuerpo muerto de su madre.

Un cuchillo la separó,

el llanto volvió

y la cálida leche de biberón usado

                        la alimentó.

“No sabía que estaba preñada”,

dijo una mujer  y otra respondió:

“Hubiera muerto con ella… ¿qué le vamos a hacer?”.

Pensaron tirarla,

dejarla cerca de la carretera

donde  alguien se compadeciera,

mas la noche fue lluviosa

y el remordimiento no las dejaba.

La cuidaron un par de días

la alimentaron  con leche de vaca

que una de ellas conseguía

por tumbarse en la cama

y dejar que el hombre maloliente con su cuerpo jugara. 

Pasaron los días

y se unió a los críos de las mariposas

que en las noches se desnudaban.

Y el cuerpo de su madre

se deshizo en una zanja. 

Creció con ellos, mas la soledad anidó en su alma,

nunca fue a la escuela

vistió remendados y calzó lo que otros le daban,

en el día hacía aseo, planchaba y lavaba,

por la noche se ocultaba bajo la cama

temerosa de que algún hombre le hiciera lo que a la Juana.

Creció:

el cabello oscuro, ojos negros y piernas delgadas,

labios carnosos, rostro bello, sonrisa de niña

y la soledad tras ella refugiada. 

Fue llevada a una esquina,

aún los quince no la alcanzaban, 

falda  corta, sueños rotos

            y en los ojos el miedo se reflejaba.

Un auto se detiene, el vidrio baja,

un hombre sonríe, ella se aleja

y una mujer la empuja… el auto se la traga.

Un hotel cercano, una habitación fría,

el hombre se desnuda y a ella la arroja en la cama.

La oprime, la voltea, la sienta

le dice todo lo que le haga,

ella tiembla

se siente sola… sola y ya sin alma. 

La noche acaba

y han sido cuatro los que han pasado por esa cama.

En el día hace aseo, y trabaja con desgana,

En la  noche se viste para ser una dama,

ya no tiembla

ya no teme a los hombres que le pagan,

cumple sus deseos y escucha sus sucias palabras,

se viste y vuelve a su esquina  a fumar los años que le faltan,

ya no llora

 tampoco ríe,

 y con las mujeres de otras cosas habla,

aprende posiciones, la adoctrinan en temas del alma,

mas ella dice:  “El alma no existe,

es algo que los ricos pueden comprar cada mañana”,

y en la noche antes de verla a ella

la protegen muy bien en su casa,

la arropan, la perfuman y a su mujer encargan,

mujer que cuida a los niños

y no debe retozar, como ellos quieren, en una cama. 

La soledad la  acompaña cada noche

y en el hotel junto a la ventana aguarda,

la ve fingir  e imaginar una vida falsa,

un hombre pasa, otro más,

y un joven, obligado por su padre, a amar a mujer barata,

él dice que podría amarla

ella no cree en nada,

cada semana regresa y unos fierros más le paga,

pasa el tiempo

            y él pegado a su cama,

promete un futuro

            una vida lejos

                                    y una casa,

pero un día cualquiera

ella lo ve abrazando a mujer delgada:

ropa fina

manos delicadas,

anillos en los dedos y sonrisa en la cara,

 la soledad la abraza y en una caja le entrega su alma,

se ve de niña en la cama

el llanto, el hambre  riendo a carcajadas,

se encamina a su estancia, 

en una viga  hace dos amarras:

en una ella

y en otra su alma.