El insomnio se aferra a mí. Se prende de mis ojos, danza con fervor y cuando esto parece no funcionarle, me susurra al oído letras… palabras… historias que nacen como un ligero viento, dispuestas a convertirse en huracán. Entonces el insomnio inyecta en mi mano un rabo de energía y hace que las letras fluyan y se extiendan en ese cielo oscuro carente de estrellas.

lunes, 9 de diciembre de 2024

Diario de un bicho raro

 

VI  Torres gemelas

 

Una larga nube se levanta, puedo verla desde arriba. Otra vez pareciera que vuelo sobre el lugar. El dolor me oprime el pecho y las lágrimas empiezan a manar. La nube es enorme y está cargada de llanto, gritos y sufrimiento. Puedo sentir el dolor de muchos, el miedo, la desesperación… todo se agolpa en mi cabeza. La nube, nace en algún lugar abajo y sube al cielo. ¿Qué es? No pudo distinguirlo, pero logró sentir el dolor, el miedo. Debajo de esa nube hay algo, el dolor me abraza, también un aroma extraño entra en mis pulmones.

-    ¡Estados Unidos! – mis labios se abren entre el sueño. ¡Algo pasará!

Despierto sobresaltado: tengo miedo. No sé qué pasará, pero en esa imagen el nombre de Estados Unidos llegó de pronto y entonces temí lo peor, pues fueron ellos quienes  utilizaron la bomba atómica para arrasar con el odio efímero, hechizo y sin razón.

La nube de mis sueños… la columna enorme de humo y polvo me aterró.

Una semana después un amigo y yo estábamos detenidos en pleno periférico. El tráfico era mucho, nada común a esa hora del día, y el calor insoportable.  Un fuerte dolor de cabeza llegó de pronto, como una punzada, nació de súbito y era insoportable. Mi cabeza parecía estallar. Mi oídos escuchaban  sirenas de ambulancias, patrullas,  bomberos: se mezclaban todos y se convertían en algo insoportable.  “Seguramente fue un accidente grave, pues parecen ser muchos lo vehículos emitiendo los sonidos”, pensé en ese momento. Me acerqué al cristal del microbús y traté de ver más allá.

-    Pasó algo, por eso está todo detenido. Debió ser algo muy fuerte, se escuchan muchas ambulancias – le digo a mi amigo.

-    ¿De qué hablas? ¡No se oye nada! – me  hace saber extrañado.

-    ¿No escuchas las sirenas? – lo interrogo desconcertado.

-    ¡No se escucha nada! – aclara él.

-   Pero, ¿esos sonidos de donde nacen? – nuevamente yo un poco alterado.

-  ¡No se oye nada! – confirma él.

Vuelvo a buscar, en verdad no encuentro nada, pero las sirenas de ambulancias, patrullas y bomberos se siguen escuchando… yo las sigo escuchando. ¿Por qué él no las oye? El sonido es insoportable y me cubro los oídos. ¿Nadie las oye sólo yo?  ¡No quiero escuchar más gritos ni llanto! Aunado a las sirenas se empiezan escuchar lamentos y llantos ¿Nadie los escucha? Las personas gritan aterradas. ¿Qué demonios pasa?

Esa misma noche y extrañado por lo acontecido durante el día, mis pulmones respiran con dificultad y mi nariz parece bloqueada. Me duele la cabeza y siguen viendo imágenes. Todos los días me levanto temprano, pero al día siguiente de los horribles sonidos, no puedo hacerlo. A las cinco de la mañana suena el despertador: sigo con dolor de cabeza y estoy extremadamente cansado. Me recorre el cuerpo una sensación de no haber dormido y mis músculos están agotados: no puedo moverme. Las seis y sigo en la cama: siete algo me despierta, el dolor es más agudo, siento polvo entrando a mis pulmones, no puedo respirar… no puedo respirar, mi nariz está bloqueada. Huele a polvo, humo, cemento… algo más. Después de dar vueltas en la cama, me pongo de pie: jamás me había levantado tarde, generalmente soy muy disciplinado, pero hoy simplemente mi cuerpo no responde. Dolorido, mareado, confundido y sin poder respirar bien me dirijo a la cocina a calentar mi desayuno. Prendó la televisión y un edificio en llamas aparece en la pantalla.  Me siento de golpe. No sé qué pasa, los minutos siguen y de pronto, mientras desayuno, la nube que soñé días atrás aparece: polvo volando por todas partes, extendiéndose veloz y creciendo como un monstruo feroz abriendo su bocaza para devorar a todos.

Las torres gemelas desaparecieron.

Lloro. Lloro como un niño perdido en el desierto, aunque mi abuelo siempre me dijo que los hombres no lloran, yo lo hago en ese momento. Durante todo el día en la televisión mexicana no se habla de otra cosa. Gritos, llanto, sirenas de bomberos, sirenas de patrullas, rescatistas.

-          ¡Eso ya lo viví! – me digo triste.

Mi día fue confuso y sólo hasta ese momento comprendí perfectamente el bicho raro dentro de mi. ¿Cuántos de ustedes vieron eso antes de que pasara? ¿Cuántos escucharon el llanto y los gritos de quienes perecieron? ¿Quiénes estuvieron ahí y percibieron el humo, el polvo, la muerte? ¿A quiénes eso les afecto y terminaron teniendo problemas respiratorios?

La caída de las Torres Gemelas me afecto, no sólo en el aspecto anímico si no en la salud. Me sentía culpable, yo lo vi, lo oí… lo sentí… ¿Por qué no hice algo? ¿Se puede hacer algo en esos casos? Puedes tomar el teléfono y llamar a alguien y decir: “Tuve una visión y algo pasará en  su país”. ¿Me harán caso? ¿Me creerán? ¿O pensarán en mi como parte de la célula terrorista que los atacó? ¿De qué otra manera puedo conocer esa información? Sí, las interrogantes se apelotaron en mi mente. Parece fácil cuestionar, pero no lo es cuando eres como yo y no sabes por qué eres así.

Si creen que todo terminó ahí, no fue así. Los malos minutos, las horas, y mis crisis internas desaparecieron después cuando la noche cayó y empecé a soñar: me estoy moviendo en un lugar lleno de polvo, escombros y no se ve nada. Sobre mi, la destrucción y grandes bloques de concreto y varillas yacen aquí y allá. Me muevo entre los huecos, aunque  el polvo entra a mis pulmones y me dificulta el respirar, cada vez puedo respirar menos. No se puede respirar: algo me pica la nariz, me arde y entra a mis pulmones. ¿Por qué estoy ahí? Porque en algún lugar hay un par de hombres, visten pantalón oscuro y camisa clara: están atrapados, sus pulmones saturados y pierden la esperanza de ser rescatados. La muerte  yace en todas partes, puedo sentirla y ellos piensan en ella… llega un momento en que se aferran a ella.  Mis pulmones parecen bloqueados, pero ellos están atrapados y debo encontrarlos. Quiero ayudar, necesito salvar a alguien, ya que no pude hacer nada antes, quiero ayudarlos aunque sea a ellos. En el rostro de los hombres hay temor, desconcierto, imploran y tienen  miedo. Los busco, sé que están en algún lugar bajo esa montaña de escombros de las Torres Gemelas. Están ahí y si no los encuentro morirán.  

   - Debo encontrarlos –lo pienso.  ¡Aunque sea a ellos!

- Sigue el dolor – alguien me dice.

- ¡Todo está lleno de dolor! – me repito yo.

-  ¡Ellos te buscan! ¡Guía a quien los  buscan! – vuelvo a escuchar.

Estoy desesperado porque el tiempo, para ellos, se acaba.

Una luz, soy yo.

Una luz y ellos pueden verme. Sí, ven la luz esa soy yo y tras de mi los cuerpos de rescate. No pierdan la luz, soy yo y tras de mi los rescatistas.

Una luz a la que le tienden la mano.

Su cabeza confundida puede divagar, pero esa luz soy yo.

Me veo iluminado.

Me siento feliz de encontrarlos. 

Ahí están, están vivos y yo los encontré.

Esa mañana del 11 de septiembre del 2011 fue diferente. Esa mañana comprendí perfectamente lo que yo era. Entendí mi condición: mis sueños no eran sólo sueños, podía ver y estar presente en momentos aún sin trascender, sentirlos, vivirlos.   Como si fueran mundos paralelos al mío… presente, futuro juntos en un espacio sin encontrarse jamás… sólo en mi.

Llanto. Miles lloraron.

Dolor. Miles sintieron algo oprimiendo su pecho.

Desconcierto. Nadie sabía qué pasaba en realidad.

Llanto. Escuché su llanto.

Sentí su temor. Su miedo, la desesperación.

Pude sentir su dolor.

            Sentí todo. El 11 de septiembre me afectó anímicamente, pero también lo hizo en la salud: el polvo entró a mi pecho,  el humo entró a mi cuerpo y empecé a enfermar. Fueron frecuentes las gripes, la sensación de ahogo. La inflamación de los cornetes y mis pulmones bloqueados para respirar eran una constante. Durante mucho tiempo estuve en salas de urgencia con oxígeno.  ¿Qué me pasaba? Yo siempre fui sano, rara vez me enfermaba. Fueron muchos los días los cuales estuve en la cama y tardé años en tener una vida un poco normal después de ser diagnosticado con rinitis alérgica, dermatitis y asma. Sí, desarrollé asma. Mi excelente salud quedó a un lado y los problemas alérgicos comenzaron a surgir… a dificultar mi vida.  Entonces comenzó una etapa muy difícil para mí, al grado de darme por vencido y desear tirar la toalla. Me cansé de las salas de urgencias, me cansé de no poder respirar, de estar sobre el piso sin poder respirar… tirado como un animal. Doctores, hospitales, medicamentos… el asma pretendía devorarme.

            Me costó años entender mi condición con los alérgenos, pero logré establecer una vida un poco normal. Aún tengo los problemas, pero ya no llegó a salas de urgencias. Sí, el 11 de septiembre no sólo cambió a la sociedad estadounidense, también lo hizo conmigo.  

Diario de un bicho raro

 

I El deslave

 

Por la mañana desperté cansado, demasiado para haber dormido más de ocho horas seguidas. La cabeza pesaba como una roca sobre mis hombros y un ligero temblor en las manos me puso nervioso. Estaba confundido Me senté sobre la cama, recordé los ojos extrañados de esas personas y la frase: “¡No sé quién es, nunca lo he visto!”, daba vueltas en mi cabeza.

-    ¡No sé quién es, nunca lo he visto! – dijo al verme caminar aprisa por esa calle empinada.

Sin pensarlo más me puse de pie y me preparé. Era un día normal a pesar de mi extraña sensación, debía ir a trabajar.  Por la noche regresé a casa, encendí el televisor y busqué el noticiario  (antes de dormir siempre veía lo acontecido en el mundo aunque no era muy motivante hacerlo). Entonces escuché la noticia: una comunidad había sido sepultada por un deslave, se buscaban sobrevivientes. Escuché sin poner mucha atención y dije sin proponérmelo: “No hay ningún sobreviviente, nadie me hizo caso. No quisieron salir”. Entonces me quedé parado, frío, sin poder moverme y mi frase siguió repitiéndose: “Nadie me hizo caso”. Parecía un eco extendiéndose en mi cabeza y sólo reaccioné hasta escucharla nuevamente.

 Entonces, vino a mi cabeza el sueño de la noche anterior.  Era un pequeño pueblo, unas cuantas casas desperdigadas por el cerro, yo no conocía a nadie, pero entré a una vivienda diciendo debían salir porque el agua venía hacía ellos y eso era más que agua. Parecía nadie haber escuchado mis palabras;  salí del lugar y empecé a gritar. Sin embargo, los habitantes me ignoraron, me veían con ojos extrañados, Simplemente me ignoraron y  yo los contemplé desconcertado: delgados, no muy altos,  piel morena,  y un acento al hablar… no eran mexicanos como yo. De pronto, una mancha café, enorme y ruidosa, descendió por el cerro: como una bestia desplazándose feliz por conocer el final de su carrera. Era enorme, un río potente de agua, tierra, escombros. Pude escuchar el sonido al descender,  al tumbar árboles… era un rugido lleno de ira corriendo aprisa.  

Llegó a las casas y devoró todo.

Nadie escuchó mis palabras y recuerdo sus ojos sorprendidos viéndome, como si yo en ese momento hablara un idioma distinto al suyo, como si fuera un fantasma gritando entre la gente que debían huir porque algo se acercaba. “¿No hablo su idioma?”, pensé en ese momento cuando soñé.  Y entonces, después de mi silenciosa pregunta, alguien dijo: “Parece extranjero”, una frase que no entendí en su momento. Cuando esa enorme masa cubrió las casas y dejó su huella sobre el cerro (como un río de tierra  abriéndose paso entre los árboles), puede ver todo desde arriba, parecía flotar y desde ahí pude ver todo. 

Ya no había nada por hacer.

El sueño terminó.

Decir que después de eso medité por largo rato sería mentir, en realidad pensé sólo un momento en la noticia, en mi sueño y sin darle mucha importancia me metí a la cama y dormí. De verdad, no le di importancia, para mí todo era parte del cansancio acumulado entre el agotador trabajo y la familia.

Diario de un bicho raro

 

Por María Celeste Vargas Martínez

 

Por  mucho tiempo, pensé que yo  no era parte de este mundo o él no era para mi. Me sentía ajeno, solo, diferente, sin un lugar para sentir mío, sin un espacio propio. Sí, era como un ente extraño y distante deambulando en un mundo ajeno, negado desde un principio para alguien como yo. Sin embargo, hace algunos años lo comprendí y mi forma de entender el mundo cambio… soy diferente y  tengo una estrecha relación con el entorno, la naturaleza y el planeta. Suena bastantes ilógico, palabras provenientes de un demente, pero me llevó muchos años entenderlo. Con el tiempo o mejor dicho con los años, comprendí todo: somos pocos  quienes en realidad estamos íntimamente relacionados con este mundo. Sólo unos cuantos estamos estrechamente ligados a todos y cada uno de los elementos del planeta…. ¡El loco está delirando!... sé que dirás eso. Quizá te puede resultar extraño, pero pocos podemos sentir su dolor, ver su sed, escuchar sus gritos  y ver más allá de lo visto por cualquiera. Unos cuantos somos capaces de ver la luz y la oscuridad al mismo tiempo y de sentir lo imperceptible para la mayoría. Mientras todos caminan por el mundo sin ser conscientes de la tierra bajo sus pies, algunos  podemos sentir el dolor de nuestro entorno… el dolor de otros. Y si el dolor de alguien me busca, sin lugar a duda me encontrará o yo lo encontraré en su desgracia porque soy más sensible a los demás.

Somos pocos  los diferentes, los extraños y raros.  No estamos locos ni enfermos (aunque yo durante muchos años lo pensé así). Me costó lágrimas, soledad y tristeza entender mis capacidades, comprender ese algo en mi, desarrollado de manera diferente. Alguna parte de mi cerebro me ha vuelto más sensible a todo, más perceptible a diversas situaciones.  ¿Por qué? No lo sé.

            Después de estas palabras pensarás dejar de leer: “¡No perderé mi tiempo en tonterías!”, dirás. Pero apelo al morbo innato en  el ser humano, quizá eso te impulse a seguir aquí y descubras las historias donde la lógica creíble, comprobable, perceptible y científica, jamás entraría.  Solamente hay hechos, los cuales a la ciencia y a mi persona nos es difícil entender.

            Durante años estuve callado y me tragué más de una vez los deseos de gritar y decir lo oculto: ¿Qué pensarías si alguien se acerca a ti diciendo que habían sobrevivido algunos mineros en Coahuila, pero la espera los mató? ¿Qué esa chica desaparecida no murió inmediatamente y su cuerpo frío, oculto en un lugar húmedo y oscuro, me buscó antes de ser encontrada? Si alguien te dijera: “Deben seguir buscando porque  hay dos hombres atrapados bajo las Torres Gemelas y están a punto de morir”… ¿Qué dirías? Sé tu respuesta y la de muchos: “¡Está loco!... ¡Tiene un tumor en el cerebro!...  ¡Algo no funciona bien en su cabeza!”. Entiendo tus palabras, yo  muchas veces lo pensé y traté de buscar ayuda con un médico; mi cerebro fue sometido a una tomografía, me realizaron algunos estudios y al final lo comprobé: mi materia gris funcionaba correctamente.

            Pero existen situaciones o hechos los cuales no puedo explicar, ni entender. Lo cierto es: ahí están. Por cierto, tampoco creo en esos psíquicos viviendo de sus “dones”, ni en quienes dicen tener contacto con la muerte y se dan a conocer para sentirse importantes. No. Cuando tienes algo así tratas de ocultarlo para no ser juzgado o calificado. Callas todo, para no ser tachado de loco. No lo exhibes, sólo tratas de comprender cómo funciona tu cerebro. Y tienes miedo, siempre tienes miedo, ves todo cuanto debes ver y no puedes hacer nada.  

Ahora es momento de mostrarte un poco de este bicho raro. Aunque antes diré: no sé cómo ni cuando comenzó todo.  Es más, ni siquiera sé si siempre ha estado ahí. Lo único cierto fue ese momento, ese día cuándo comencé a tomar conciencia de ello y afectó para siempre mi vida. Pues mientras todos se iban a la cama a dormir, yo soñaba situaciones, las cuales se hacían realidad. Sí, lo que soñaba, las imágenes danzando frente a mis ojos acontecían tiempo después. ¿Puedes imaginar eso? Aunque con el tiempo ya no sólo debía esperar al anochecer: no. Aprendí a hacerlo de día, despierto podía ver lo que quisiera. Y no sólo era ver, sino sentir:  el frío, el calor, percibir aromas, tener sentimientos… hasta puedo  hacerme daño si no soy cuidadoso y despertar con las heridas. Recuerdo lugares, formas colores, rostros, sensaciones, épocas… momentos. Lo recuerdo todo y he vivido mucho de ello. 

En fin,  decía desconocer el momento en que empezó todo, sólo fui consciente aquella mañana hace ya algunos años.